Lluvia, zarigüeyas inquietas y perros aburridos.
La tormenta tropical se aleja de territorio mexicano, pero sigue lloviendo, han sido de esos días de chip, chip, chip, completamente nublado, gris y triste. ¡Tal y como me gusta! Y bueno, la gente maneja más tranquila, se les nota menos agresiva y con un poco de esfuerzo lo triste se vuelve cachondo y lo gris céltico.
Las zarigüeyas Matiko y Matika siguen creciendo, su tamaño y curiosidad aumentan noche tras noche, bocado tras bocado. Matiko es aventurero, curioso, vago y juguetón, muerde por curiosidad todo lo que encuentra, inclusive el dedo distraido de la mano que trata de levantarlo. Pero su mordida es gentil, no agresiva, es una mordida de “a ver a que sabe esto” no deja marca o herida. Matika es temerosa, prefiere los brazos y acurrucarse a un lado de su hermano. Cuando sacas a Matiko de la jaula donde duermen Matika extiende las manitas y aferra las garras frontales de su hermano, el espectáculo es cómico y enternecedor a la vez, casi se puede leer en su mirada su ruego: ¡No se lo lleven! ¿Que hacen con él? ¡No lo alejen de mi! Pero luego que se percata que la invitación a salir de la jaula para que se ejerciten es para ambos trepa con agilidad de la mano al brazo, del brazo al hombro y a la cabeza de nosotros.
Tyson y Brafka los miran de distinta manera, aunque se han olfateado mutuamente las narices la mirada de Tyson no deja de ser de desconfianza, clava la vista y congela el cuerpo, no hemos podido entender si es interés o un preludio a un ataque, así que Matiko y Matika tendrá que seguir paseando bajo supervisión nuestra.
¿Se quedarán habitando nuestro jardín? Lo deseamos, ¿Se irán? No lo sabemos. De lo que sí estamos seguros es que nos han dejado una experiencia agradable y una lección: No taches a un animal de nocivo si no lo conoces. La ignorancia es la causa de todos los males de este mundo.
Sergio Quiñonez.



