Por Ramón Mier. Tomado de: http://disiento.blog.com/
Michael Jackson y ¡¿Michael?! ¿eres tú?
~Al igual que Michael Jackson, el maiz no es capaz de reproducirse de forma natural. Pero a diferencia de Michael, los cambios que ha sufrido a través del tiempo no han sido quirúrgicos, sino genéticos.
Corn is our bitch. El maíz es una planta húerfana, a la que los seres humanos hemos venido explotando durante miles de años del mismo modo que el proxeneta Rudy (Ernesto Alonso) explotaba a María (Elda Peralta) en la cinta Trotacalles: sin compasión.
Porque el maiz no tiene madre, ni padre tampoco, sólo tiene un pariente cercano: el teocintle. Su antecesor es un eslabón perdido en el proceso evolutivo del maíz, una planta que como el teocintle podía “soltar” sus semillas, pero que a la vez era capaz de formar mazorcas. No por nada las culturas mesoamericanas consideran al maíz “un regalo de los dioses”.

Teocintle y Maíz
Debido a su incapacidad de liberar semillas por sí mismo, hace falta la mano del hombre para quitar los granos de la mazorca y sembrarlos. El maíz que conocemos hoy en día en sus múltiples variantes (dulces, palomeros, azules, blancos, amarillos) es el resultado de la intervención humana, de un proceso de selección genético que se ha realizado a lo largo de varios milenios. Algo semejante a lo que se ha hecho con los perros, que a partir del lobo, los humanos hemos transformado hasta convertirlos en un Gran Danés o en un Chihuahueño. Con la gran diferencia de que los perros podrían vivir sin nosotros como lo hacen los Dingos en Australia. El día que desaparezca el hombre, también lo hará el maíz.

¡Hello.. sexy!
Como especie, durante cientos de años hemos venido modificando genéticamente al maíz; primero, mediante selección simple y luego, mediante hibridaciones. Durante todo ese tiempo, nadie se había preocupado jamás por la suerte del teocintle. Ni el teocintle mismo se había dado por enterado. Pero ahora que la biotecnología permite manipular los genes a nivel molecular, con más estridencia que con argumentos, han surgido grupos que se oponen a que se siembren en México maíces “genéticamente modificados” (como si el maiz que hoy se siembra no lo estuviera ya) y han tomado el Teocintle como estandarte.
Argumentan, entre otras cosas, que podrían darse cruces entre el teocintle y los nuevos maíces (piensen en el chihuahueño y el Danés de arriba) y que los segundos trasmitirían sus genes a los primeros “contaminando” y poniendo en riesgo “la riqueza genética de la especie”. Mi respuesta a sus preocupaciones en pocas palabras: Los bancos de germoplasma y la robustez genética del teocintle.
Si se quiere proteger al teocintle, para eso están los bancos de germoplasma, donde se pueden preservar, libres de cualquier peligro, semillas de dicha especie. Algo así como un banco de esperma del mundo vejetal. Además, el teocintle ha demostrado a lo largo de miles de años su “independencia genética” del maíz. El teocintle sigue siendo lo que es a pesar de haber estado expuesto a genes del maiz durante todo ese tiempo.. Además, cuando logran pasar de una especie a otra, los genes trasmitidos suelen diluirse si los mismos no representan ninguna ventaja evolutiva. Por ejemplo, si el teocintle se cruza con un maíz tolerante a un herbicida, y el teocintle resultante de esa cruza no se expone al herbicida en cuestión, el gen que determina dicha tolerancia no se perpetuará, pues al cruzarse con otras plantas que no son resistentes al herbicida, la presencia de ese gen se diluirá de una generación a otra.
Vamos, que si mataran a todos los feos, eventualmente tendríamos una población en donde todos ellos se parecerían a Brad Pitt y todas ellas a Angelina Jolie. Pero mientras eso no suceda y verbo mate carita o la suerte de las feas sea la envidia de las bellas, seguirá habiendo mujeres como Elba Esther Gordillo y hombres como Camel Nacif.

Algunas cruzas serían indeseables.
Es por ello que yo apoyo la idea de que se introduzcan en México los maices genéticamente modificados mediante biotecnología; no debemos negarle a nuestros agricultores el acceso a las tecnologías que les permitan seguir produciendo y competir con éxito con sus contrapartes del resto del mundo en un intento de proteger y defender algo que no está en peligro. Es lo menos que podemos hacer los “hombres del maíz” por los hombres que siembran maíz.